Actualidad Editorial Opinión

Ejes de nuestro desconcierto

Dr. Marino Vinicio Castillo R.

A Orlando, in memoriam.

“Lo que pasa es que no sabemos lo que pasa”; tal fue la manera de Ortega y Gasset de expresar asombrados presentimientos. Era un tiempo en que la fuerza del medio escrito fue tan poderosa que la prensa se asumía ya como un posible Cuarto Poder. Él fue un as en ella, naturalmente, como adición a su condición suprema de genio y pensador profundo.

En gran modo el mundo había quedado a merced de tantos fenómenos y acontecimientos horribles que las plumas valerosas que supieran aparecer para defenderlo ganaron la confianza y el consiguiente prestigio de ser los defensores más altos de sus valores superiores.

Así las ideologías oprimentes de cualquier género lo primero que hacían era suprimir y perseguir la libertad de prensa y, en verdad, el martirologio como impronta del periodismo reflejaba una dolorosa realidad en la lucha por la libertad de los pueblos.

Bastaría lo expuesto para que la legitimidad de ese Cuarto Poder brote como algo indiscutible. Sin embargo, el indetenible e incesante cambio en el fluir de los hechos y circunstancias fue el encargado de un lento y persistente golpe de timón capaz de hacer derivas de abandono de aquellos tiempos legendarios cuando se labraba la honrosa categoría de ser reputado como el valladar por excelencia contra la opresión.

Los intereses de toda laya se percataron de la necesidad de poner los medios de control de opinión al servicio de sus fines y provechos, incompatibles, ni coincidentes, con el bien común y aquellas cosas que se tienen como de interés general tan proclamadas como olvidadas por obra del egoísmo del lucro dominante y la ausencia inclemente de compasión. Ésta, invocada no solamente desde el plano teológico, obra de buen cristiano, sino también como la han tratado filósofos y pensadores que han terminado por considerarla base profunda de toda ética.

El hecho es, que si bien es cierto que aún se conservan muestras gloriosas de coraje del periodismo de investigación y de opinión, no es menos cierto que la influencia de los medios está en proceso decadente de jubilación o retiro, pues está en marcha una pérdida de fe muy obvia de las comunidades que recelan de los intereses que las circundan y del propio idealismo que se percibe en fuga de tantos operadores tentados y captados por solapados encargos de conveniencias de todo género.

La aparición y el insidioso asentamiento de oscuros factores de gran poder han complicado aún más el destino de esa fuente de inmensas garantías que fuera la prensa escrita. Los mismos dueños que sanamente han creído en su utilidad van quedando muy expuestos a intimidaciones sobreentendidas y claudicaciones de silencios de sensibles alcances, aunque bien disimulados.

Desde luego, es necesario no olvidar que la televisión y la radio vinieron a imprimirle velocidad y energía al control de opinión y lo que empezó en principio como una competencia posible que debilitaría al medio escrito, mucho más lento, terminó en un acoplamiento de las tres modalidades de comunicación social que vinieron a constituir un todo dominante, de tal magnitud, que propiamente los otros tres poderes del Estado quedaron condicionados bajo control creciente de ese virtual superpoder que en sus refinamientos de marketing y propaganda ramera lograron un dominio eminente sobre lo que podía o debía ser u ocurrir, o no ocurrir, en las delicadísimas cuestiones de determinar quiénes habrían de ser titulares de los mandos públicos.

Así, desde ese albergue dominante de la comunicación social aforada, se abrió paso este presente aciago en el cual, hasta hace poco tiempo, la voluntad popular resultaba un ingenuo y manipulable juguete en las manos de intereses cada vez más sombríos.

¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo se ha podido contener y reducir aquella omnipotencia que pareció hombrearse con Dios en sus dictados? La respuesta a esas preguntas es una: el avance indescriptible del desarrollo tecnológico que ha entregado el arma sorprendente de las redes sociales para una batalla campal, ya dirigida por los generales Internet , Web y WhatsApp, en la que todo aquello del monopolio del dominio social del Cuarto Poder se ha ido derrumbando.

Se podría decir, cuidándose del exceso, que ha aparecido un Quinto Poder más rotundo que goza de un anonimato técnico considerable que puede servir para muchas cosas buenas, como para otras tantas malas. Un quinto jinete del apocalipsis a temer.

Las redes, he ahí la esencia del contraataque; la población ha sido armada para su defensa mediante el uso masivo y arriesgado de un medio sofisticado que la convierte en algo más vivo, participativo, beligerante, porque la emplaza de inmediato en el centro mismo de los hechos y circunstancias, ocurridos o por ocurrir.

Ya no es la población testigo de piedra de las cosas, según se las dicten las informaciones de los medios de comunicación, sino que se hace parte activa de los temas y se le dota de una capacidad de difusión asombrosa que en cuestión de minutos le permite responder, opinar, rechazar o aprobar las versiones de cuanto ocurre; como si se pretendiera dar por cumplida la misión de saber en todo caso de qué se trata. Un desmentido inseguro de lo que aparece en la frase que encabeza esta entrega.

“Esos son los hechos”, se le dice al pueblo y éste de inmediato responde: “Esa es su versión, ahora conozca la mía” y ahí se derrama una catarata de interpretaciones, tan de enjambre, que resultan muy peligrosas cuando no desconcertantes. Esta es la otra cara de la moneda. El juguete sofisticado y potente de las redes ha quedado en las manos de multitudes y éstas tienen un historial penoso en sus decisiones.

La prensa gloriosa se nos ha alejado cuando más la necesitábamos y las redes, en su papel de contraparte continua y temible que censura su lenidad frente a todos los abusos abiertos y solapados del poder y, además, cuestiona su actitud controlada y tímida ante al azote del Crimen en sus diversísimas vertientes. Es éste un duelo abierto, el de prensa versus redes, que aperpleja al ciudadano.

El juicio de Cristo, sabemos, así como la consulta de Pilatos acerca de la preferencia de la multitud en relación a cuál merecía más la cruz, han sido considerados como el momento cumbre para entender los peligros de injusticia y error de las decisiones de muchedumbres.

He ahí, pues, este dilema de los tiempos. ¿A quién creerle? Se explica así el desconcierto del medio social al tomar partido entre uno y otro de los medios de información y contrainformación.

Desde luego, también es innegable que la confusión está de plácemes y muy jubilosa, pues no le podrían brindar nunca nada parecido como esta selva de los buenos y los malos juicios y prejuicios, cantando en coro sin contar la sociedad con medios idóneos para descifrar con seguridad por dónde pueden estar los aciertos y por dónde andan los desaciertos.

Todo ésto es materia de discusión a escala mundial, pero, lo que es más grave es comprobar lo difícil que se hace encontrar opiniones dirimentes en capacidad de orientar y decidir como árbitros culturales y morales confiables. Ésto, por encumbrados que sean los centros de pensamiento y el propio nivel académico que busque la aceptación de sus criterios y opiniones.

El desmentido es rotundo como irrespetuoso mientras prosigue la siega criminal del periodismo valeroso que no cesa. México, por ejemplo, es un escenario trágico y sobrecogedor de esta ruina; su poda de conciencia alcanza a centenares de inmolados y nosotros, que hemos conocido del dolor de Orlando y de otros pocos muy valientes, podemos medir con más acierto el dolor y el espanto de esa sociedad hermana.

Babel está planteada en el horizonte y las tormentas están de su cuenta imaginando e impulsando situaciones de daños insondables y, en verdad, siento que ya hay motivos sobrados para comenzar a admitir signos apocalípticos en estos conflictos y descalabros del conocimiento.

Se nos dice, al consolarnos, que no será tan grave la cuestión en razón de que el pueblo se irá adiestrando sobre la marcha para aprender a identificar a ese travieso agente de fracasos que es el error; que aprenderá a separar la paja del grano, por lo que no hay prisa y las falacias serán separadas de todo aprecio, vencidas por un adiestramiento cultural previsible que generará un inevitable repudio de las “Fakes News”. Ésto, como consuelo temporal no está mal, pero en su ingenuidad se olvidan de la condición humana y todas las falencias que la abruman.

La hora actual del mundo, pues, no es lisonjera y hay motivos sobrados para temer y orar por la suerte de todos. Admitir humildemente nuestros desatinos y aferrarnos a la compasión podrían ayudarnos a desecar este valle inundado de lágrimas como pocas veces lo ha sido.

¿Qué me ocurre? Que no resulto tan frágil para extraviarme en la vorágine de la información y la desinformación. Vengo de la trinchera de la defensa penal desde mi primera juventud que me ha servido de atalaya para resistir con ciertos rasgos numantinos las tentaciones de los extravíos. He sabido de jueces y defensores legendarios y mi convencimiento originario ha sido que la didáctica del campo penal puede enseñar tanto o más que las doctrinas de las ciencias políticas, porque el juicio es espejo, retrato, laboratorio crucial de intereses y pasiones y es por ello que quiero hacer las siguientes disquisiciones:

Quentin Reynold en su obra minibiográfica “Sala de Jurados” hace una cita memorable del juez Samuel Leibowitz, que siendo muy joven había defendido a Capone en su primer homicidio cometido en Brooklyn y que luego pasara a hacer una brillante carrera judicial al grado de considerársele como un juez muy respetable y celebrado en los Estados Unidos.

Pues bien, la cita consiste en describir la oportunidad en que el gangster, ya en pleno desarrollo de su infernal éxito, llamó al penalista joven aquél que le había defendido en su primer juicio, para solicitarle su asistencia de defensa nuevamente. Lo llevó como cuestión previa a un cementerio monumental en Cicero, Chicago, a fin de enseñarle la tumba magnífica de su hermano recién asesinado y Capone lloró antes de pedirle sus servicios al brillante defensor penal que todavía era.

Leibowitz le respondió a Capone que él lo defendería siempre que le dijera los nombres de los políticos, alcaldes, senadores, representantes, así como de los empresarios y periodistas que le habían protegido bajo paga, miedo o dolo; que sólo así lo podría defender, porque era la manera de emplazar al establishment como el gran responsable de la ruina de su sociedad.

Capone se rehusó y dijo que eso sería para él una deshonra, pues era “un hombre de honor” y que jamás lo haría. Hasta ahí llegó el trato.

Cuando leí la obra, siendo muy joven, no columbré plenamente sus alcances y sólo la larga vida y el ejercicio de las luchas públicas me fueron dando las bases más sólidas para comprender la significación de aquella exigencia deontológica del abogado al gangster, con la cual, en realidad, el defensor buscaba defender a su sociedad más que al individuo que le pedía asistencia por los crímenes puestos a su cargo.

El cambio incesante de los hechos cada vez se ha tornado más agresivo y grave y en la actualidad, a escala mundial, ese tipo de conflicto vive más potente y altivo que nunca y la autoridad como la ley lucen en desbandada porque una odiosa Gobernanza de mixtura siniestra es la que finalmente impone las cosas a los pueblos.

Lo que procuro con estas disquisiciones es traer desde mis recuerdos impresiones que tuve en ocasión de las luchas en la tribuna penal de las siempre tormentosas relaciones del defensor penal y el establishment.

Leibowitz, según dije, pasó a ser un juez de excepción, luego de defensor esclarecido. Pero hubo otro ejemplo más intenso y permanente de nombre Clarence Darrow. Este fue espectacular defensor mucho tiempo, considerado como el mejor profesional de la defensa, que luego de muchos años de gloriosas jornadas emigró hacia el laboralismo y era tan excepcional su talento que se convirtió en el más versado y notable laboralista en su tiempo, hasta el final de su vida.

La cuestión a destacar en éste último es que sus desencuentros violentos e irreductibles con la prensa en ocasión de los grandes juicios criminales se hicieron famosos y se desarrollaron de tal modo que se tornaban en disputa de apuestas cada vez que Darrow asumía la defensa de algún posible condenable a muerte. La prensa encarnizada abogando por la ejecución y Darrow, después de portentosos discursos grávidos de técnicas y elocuencia, terminando por invocar a Cristo y su perdón.

Todo el fascinante acceso que tuve a esas leyendas del juicio penal me influyeron en la formación profesional y sobre los poderes de la Gobernanza del establishment llegando a su comprensión, no necesariamente mediante el estudio de ciencias políticas, sino al través de las prevenciones de la tribuna penal que tanto enseña cuando se repiensan sus dramáticas experiencias.

Realmente debo advertir que todo ésto lo expongo con el propósito de reafirmarme en mi convicción de que nuestro país está siendo crecientemente atenazado por peligros enormes por obra de la existencia de un Pacto Implícito entre la Geopolítica, el gran capital Binacional y el Crimen Organizado; no es ésta una suposición maliciosa, sino una hija de mi observación paciente y prolongada de las insidiosas maneras de tratar este tema; sobre todo, desandando los senderos de la Gobernanza por donde se internan esos recursos económicos inmensos del Crimen Organizado, con sus miedos que no necesitan presentación y su capacidad para silenciar quejas y agenciarse complicidades de hondos silencios para la invisibilidad de su propia presencia decisiva.

La prensa, que ha sabido ser la muralla más alta e insalvable frente a todos los males y daños sociales, ha ido perdiendo la fe pública y la indefensión no se ha hecho esperar. La sociedad está inerme, su clase política cada vez más inapropiada, mientras se sobreaseguran los peores desvalores.

Es por ello que creo en que, aún cuando ha sido para mí el campo de la política el que me ha servido de palco mejor para presenciar y sentir esa pérdida de defensa de la sociedad, ya tenía noticias y muestras de que el fenómeno es de escala mundial, por lo que fue en la tribuna penal universal donde encontré los espacios fundamentales para familiarizarme con el trastorno de esa falla en el dispositivo vital de la defensa social en términos reales.

El juicio penal ha sido siempre el laboratorio por excelencia para procesar las pasiones e intereses en conflictos, una vez el derecho como política del poder se dispone a imponer sus fueros y dominios. Es más, desde la Francia revolucionaria provienen las primeras grandes impresiones, bien fuera en el violento discurso del doctor Marat increpando violentamente a la justicia frente a su “abatido ladrón”, y luego las luces de Víctor Hugo defendiendo a su propio hijo, en una memorable experiencia de delito de palabra.

Pero, tal como apunté, fue en la tribuna penal norteamericana donde encontré las esencias mejores de esa contraposición entre defensa y acusación, que es como decir poder arrogante versus indefensión individual; es por ello que he querido destacar el papel de la prensa reflejando sus posiciones en medio de las apasionantes vicisitudes del juicio criminal. Darrow y ella se aborrecieron con alta frecuencia. Parece que Darrow avizoraba el desastre del futuro.

Una última observación cabe, haciendo alguna derivación, y se relaciona a la pérdida de confianza del jurado popular que se tuvo por siglos como lo más justo y pertinente en el juicio criminal; es decir: “el acusado siempre debe ser juzgado por sus iguales”; era un reproche embozado ante los abusos previsibles del poder. Pero ocurre que la prensa, tanto escrita como televisiva y radial, vinieron turbando la imparcialidad del jurado por lo que los Jueces y Cortes han tenido que bregar en el aislamiento de sus miembros, tratando de evitar influencias nocivas en sus decisiones de culpabilidad desde el principio mismo de su selección.

Ahora se presenta, casi como catástrofe de colapso del jurado, el fenómeno de las redes sociales, que son incontrolables y la cuestión de la culpabilidad o inculpabilidad queda en manos de un macro jurado de multitudes, sin que se pueda soñar siquiera en que el ideal de hacer justicia verdadera pueda salir ileso de ese torbellino de razones y sin razones de las redes.

Yendo más lejos aún, el propio Tribunal Colegiado de Primer Grado y las Cortes, que no llevan jurado, no estarán exentos de la influencia del peso de una opinión pública así surgida. Sus jueces, tenidos como terceros imparciales, embozalados en la procuración de la verdad por diligencia propia, llevan la peor parte del drama de este nihilismo social con características predatorias del entendimiento público que viene azotando al mundo en sus tareas de hacer las veces de Dios: es decir, juzgar.

En suma, quiero cerrar esta entrega de La Pregunta con la parte más densa y peor del pesar cuando repito que ni los propios grandes pensadores ni filósofos están a salvo y por encima de este fenómeno, lo que hace sentir el naufragio de su sabiduría cuando más amenaza el garete del caos total, no ya como presagio, sino como hecho cumplido.

¿Podrían ustedes imaginarse, en un ejercicio parapsíquico, a Clarence Darrow defendiendo a los asesinos de Orlando? ¿Se podrían imaginar a cuáles componentes de la Gobernanza hubiese escogido la defensa para salvar de la pena de muerte tan merecida a los autores materiales?

Creo que, además del poder político en sí, hubiese ido un tanto más lejos al señalar los intereses del gran capital que había osado denunciar y desafiar por sus hechos de gran dolo aquella conciencia indoblegable del periodista sacrificado. Se lo dejo como siempre a la soberana apreciación de ustedes, amables lectores.

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